En fin, puestos a imaginar, uno puede tener dentro cualquier cosa. No me quiero poner escatológica pero no todo ello se ingiere. Algunas cosas quedan olvidadas después de una operación (afortunadamente, pocas) y en otros casos te abren y te las colocan. Ahora entiendo a la gente que se pasa años con cualquier cosa alojada en cualquier parte de su cuerpo sin enterarse apenas. Por dentro somos más insensibles (¡¡¡¡ en fin, no me pararé a corregirlo)
El cateter que me colocaron en el abdomen se llama “rabo de cerdo”. Lo llaman asi porque es fino y enroscado en su extremo, aunque para los que somos del norte nos resulta más fácil asimilarlo a una pata de pulpo cocida ( con “asustarla” basta) o como un caballito de mar pero mucho más larga -y de momento molesta, por cierto-.
Al principio resulta incómoda y la notas continuamente, a veces es agresiva, pero de esto hablaré más tarde, y sin embargo el enfermero y el médico están “tan contentos” de que la notes justo, justo ahi abajo. Te sueltan un “Eso es que está bien situada” o un “Es exactamente ahí donde la tienes que notar” que te dejan sin posibilidad de quejarte y si te descuidas sales celebrándolo. Así cambiamos de una mala noticia a una buena. Y para adelante. Mañana más y mejor. Y si te molesta mucho te tomas un paracetamol. Sales de la consulta con la sensación de que quedan pensando que eres una quejica.
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